PANEL 9: EL DISCURSO ASISTENCIAL: DEFINIDOS POR LO QUE LES FALTA, TRATAMOS DE PALIAR SUS CARENCIAS.

 PANEL 10: QUEREMOS INTEGRARLOS, ¡ PERO SON TAN DIFERENTES ¡ QUE PROVOCAN “BROTES” DE RACISMO Y XENOFOBIA.

 

TEXTOS DE APOYO

            El discurso asistencial (“samaritano” según un titular de IDEAL aquí reproducido) es analizado en estos dos paneles.

            Su tópico central define a los migrantes no por lo que son y aportan, sino por aquello de lo que carecen y los reduce a la condición de objeto de la atención de los diversos agentes socio-reparadores  (SANTAMARÏA, texto 1). Su efecto: la construcción de una imagen miserabilista de los migrantes con los que la solidaridad se diluye en asistencialismo (RODRÍGUEZ CANDELA).

            La sociedad “de acogida” está haciendo algo con “el problema de la inmigración”: queremos integrarlos (SANTAMARÍA, t.3). En realidad lo que se pretende es la asimilación individual y voluntarista por parte de lo migrantes de ciertas competencias sociales y culturales propias de las nuevas “clases medias” (SANTAMARÍA, t.4). El cuadro sobre  estrategias de aculturación (BERRY) permite distinguir entre integración y asimilación.

            La prensa hace hincapié en las dificultades, o incluso en la imposibilidad de integración y la achaca a las diferencias culturales presentadas como insalvables (SANTAMARÍA, t.6). Bajo el nombre de Fundamentalismo cultural V-STOLCKE ha analizado el nuevo discurso de exclusión que sustituye al racismo en la retórica contemporánea de la derecha y hoy ampliamente difundido por los medios de comunicación con relativa independencia de su sesgo político. (Textos 7 a 9).

            La representación victimista de la mujer musulmana vehiculiza una imagen estigmatizante de su grupo de pertenencia y de ella misma, al tiempo que marca las distancias de la “cultura de los migrantes” con respecto a la “normalidad democrática” (SANTAMARÍA , textos 10 a 12).

            El texto nº 13 apunta la representación mediática de los actos y comportamientos racistas y xenófobos como “brotes”  superficiales y epidémicos (SANTAMARÍA, t. 13) 

Nº 1 .-  Definidos por lo que no tienen.

Nº 2 .-  Solidaridad y asistencialismo.

Nº 3 .-  Estamos haciendo algo con “el problema de la inmigración”.

Nº 4 .-  ¿Integración o asimilación?

Nº 5 .-  Estrategias de aculturación.

Nº 6 .-  Dificultades de integración.

Nº 7 .-  El  fundamentalismo cultural, una nueva construcción de la exclusión.

Nº 8 .-  Racismo versus fundamentalismo cultural.

Nº 9 .-  El valor de la diferencia.

Nº 10 .- Mujeres inmigrantes, sujetos frágiles.

Nº 11 .- Silencio sobre su protagonismo social y cultural.

Nº 12 .- Doble discriminación.

Nº 13 .- Pero nosotros no somos racistas.

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Nº 1.- DEFINIDOS POR LO QUE NO TIENEN

           Estos migrantes (…) son definidos de forma miserabilista. Los migrantes son descritos sobre todo por las carencias (no tienen permiso de residencia ni de trabajo, no conocen la lengua, son personas sin estudios, no tienen cualificación laboral, etc.) y las desviaciones (viven hacinados, tienen muchos hijos, discriminan a la mujer, son integristas, etc.) que presentan con respecto a la supuesta «normalidad» característica de la sociedad de instalación. Al (re)presentar a los migrantes como déficit o como falta (en el doble sentido de carencia y transgresión) respecto a la sociedad dominante, la prensa sólo puede (re)presentar la denominada «inmigración» como problema. Es más, y teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, como problema a solucionar a través de medidas técnicas fundamentalmente de carácter policial y/o compensatorio.

                          E. SANTAMARÍA :  1994 : 213-4

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Nº 2 .-  SOLIDARIDAD Y ASISTENCIALISMO

         Las organizaciones sociales, y la nuestra no es una excepción, van perdiendo el sentido político que encierra todo movimiento social, que­dando atrapadas en las labores derivadas de la prestación cotidiana de servicios, favorecien­do el aligeramiento del estado del Bienestar y éste es un círculo vicioso que debemos romper con toda nuestra energía. (…). Para ello, es absolutamente imprescindible que las asociaciones dediquen cada vez más espacios a la reflexión, a la investigación, al análisis y a la reivindicación(…) La sociedad civil, y en concreto nuestra organización, debe mantener un control ético so­bre los gobiernos, y para ello, resulta absolutamente imprescindible no renunciar a los cam­bios estructurales.

                                 J.L. RODRIGUEZ  CANDELA: 2003:  6

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Nº 3 .- ESTAMOS HACIENDO ALGO CON “EL PROBLEMA DE LA INMIGRACIÓN”-

       Otro de los aspectos recurrentes en la configuración periodística del fenómeno migratorio es la difusión, el subrayado polisémico, de la  idea de que la sociedad de llegada -definida como «de acogida» y, por lo tanto, como acogedora-, a través de sus instituciones y agentes sociales, está haciendo algo con el «problema de la inmigración». La diseminación de pequeñas notas sobre detenciones y repatriaciones de «ilegales», de inauguraciones de oficinas de información, sobre programas de ayuda y/ o asistencia social, etc., difunde, como acertadamente nos advierte Teun A. van Dijk, una serie de mensajes contradictorios pero efectivos en torno a la idea de que ciertamente se está abordando la cuestión; por un lado, se hace hincapié en la idea de que existe voluntad y firmeza por atajar la «inmigración ilegal» y, por otro, en la de que se comparte el sentimiento de que es necesario hacer algo por esos pobres, necesitados de nuestra ayuda y solidaridad. En la prensa se vehicula, consiguientemente, una doble caracterización tanto de la «inmigración» (peligrosa y/o necesitada) como de la sociedad a la que aquélla pertenece (firme y activa contra los «ilegales», es a la vez humanitaria, solidaria y tolerante con los extranjeros y sus familias).

                                      SANTAMARÍA: 1994 :  212 

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Nº  4-  ¿INTEGRACIÓN O ASIMILACIÓN?

        La prensa describe la incorporación de los migrantes a la denominada «sociedad de acogida» como un fenómeno de naturaleza individual y voluntarista que se mueve entre el doble dilema de una integración social -que no es sino eufemismo de una desacreditada asimilación- o el racismo. La prensa, que participa de una forma explícita (sobre todo en sus espacios editoriales y de opinión) de la necesidad de integración de estos colectivos, detalla la integración como una adquisi­ción, de carácter voluntario e individual, de ciertas competencias sociales y culturales. Competencias que, es obligado decirlo, lejos de pertenecer de manera indiferenciada a todos los miembros de la sociedad de instalación, forman parte del universo de ese nuevo segmento social central que son las «nuevas clases medias». Entre estas competencias caben destacarse la adquisición de un cierto dominio de la lengua, la adopción de ciertos valores, costumbres y hábitos higiénicos, alimentarios, de relación... dominantes y, en fin, el respeto de -o mejor dicho la identificación con- las instituciones sociales y políticas de la sociedad de instalación.

                                    SANTAMARÍA :  1994 : 212 

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 Nº 5 .- ESTRATEGIAS DE ACULTURACIÓN  (BERRY)

Ha habido distintos intentos de explicar el proceso de aculturación, destacando de entre ellos, el modelo bidimensional de BERRY.

       El cuadro que explicaría los modos posibles de aculturación es el siguiente:

 

 

 

¿Es importante conservar su identidad y sus rasgos culturales?

              SI                                           NO

 

¿Es importante establecer                SI                     

   y mantener relaciones                           

     con otros grupos?                         NO

                                                    

                                                           

  

INTEGRACIÓN                       ASIMILACIÓN

                         

  SEGREGACIÓN                   DECULTURACIÓN

El autor utiliza 2 variables: el respeto por la identidad cultural y la búsqueda de relaciones positivas. La combinación de ambas, ya sea en el ámbito individual o en el ámbito grupal van a unir o a enfren­tar los contextos de origen y de llegada distinguiendo entre 4 situa­ciones:

          1) Asimilación: el inmigrante abandona la cultura de origen y adopta la del país de destino buscando relaciones positivas. Frecuentemente los inmigrantes que son asimilados no reco­nocen ningún tipo de adhesión a su anterior sistema cultural ni mantiene relaciones afiliativas con sus paisanos. Esta asimila­ción se hace más patente en el caso de los hijos de inmigran­tes y segundas generaciones, cuando el proceso de sociali­zación o enculturación es exclusivo en la cultura del país receptor.

          2) Segregación: Se caracteriza por la conservación de la identi­dad cultural; costumbres del país de origen y el rechazo hacia la cultura dominante. Por parte de los inmigrantes sus tradi­ciones, costumbres, dieta, vestimenta, se mantienen sin apenas incorporar elementos nuevos. Hay una fuerte identidad de grupo. Suelen concentrar sus residencias en las misma zonas llegando a constituir, en ocasiones, auténticos guetos.

          3) Desculturación: existe desculturación cuando ni se conserva la identidad cultural ni se buscan relaciones positivas con la comunidad receptora. Esta situación se hace más patente en los hijos de inmigrantes de segundas generaciones. No son sociali­zados ni en la cultura de origen ni en la de destino. Como con­secuencia de ello, el proceso de enculturación es un fracaso y la identidad personal y social son desvalorizadas dando como resultado situaciones de marginación y alienación.

               4) Integración: se produce integración cuando se conserva la identidad cultural y costumbres del país de origen y, al mismo tiempo, se incorporan códigos normativos y culturales, del nuevo contexto, al igual que se buscan y valoran las relacio­nes positivas con el país de acogida. Esta fusión de códigos culturales no supone que el inmigrante esté plenamente inte­grado en la sociedad. El término abarca numerosos conceptos : integración en el ámbito legal (en el sentido de estabilidad jurí­dica); prestaciones sociales: educación, sanidad, acceso a la vivienda; integración laboral. Acceso al mercado de trabajo; en el ámbito de relaciones sociales con los autóctonos y de participación en asociaciones e instituciones; y, por último, integración cultural: conocimiento y uso de los códigos cultu­rales de la comunidad receptora y manifestación de la cultura de origen.

   Por integración entendemos (Giménez, 1993) "el proceso de adap­tación mutua de dos segmentos socioculturales mediante el cual a) la minoría se incorpora a la sociedad receptora en igualdad de condi­ciones, derechos, obligaciones y oportunidades con los ciudadanos autóctonos, sin que ello suponga la pérdida de sus culturas de origen, y b) la mayoría acepta e incorpora los cambios normativos, institu­cionales e ideológicos necesarios para que lo anterior sea posible".

 

                                               P. ALEMÁN  y  J.S. FERNÁNDEZ :  1999 : 57-9

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 .Nº 6.- LAS DIFICULTADES DE LA INTEGRACIÓN

        La prensa hace hincapié en las dificultades, o incluso en la imposibilidad, que estos migrantes tienen para integrarse, como conse­cuencia de la situación sociojurídica que padecen; pero, sobre todo, por la diferencia cultural, presentada de forma persistente como absoluta y radical, insalvable, que supuestamente los caracteriza. En esta representación de los migrantes como una figura de la alteridad radical -de la aliedad, que diría Aranguren- juega un papel fundamental la escenificación que la prensa hace del Islam como una cultura ajena, contraria y distante de Europa. El Islam no sólo estará caracterizado por el fanatismo, la sensualidad y el exotismo, cuanto que, además, no tendría, ni habría tenido nada que ver, en absoluto, con la realidad esencial de Europa.

       Cuando la prensa hace referencia a las culturas de los migrantes éstas se remiten siempre, no a una cultura in situ, a una «cultura migratoria», producto de una reacomodación y reformulación cultural creadora, sino a una pretendida y totalitaria «cultura de origen» que, en muchas ocasiones, responde a la mitología que la propia sociedad de instalación se ha formado de ella y, en otras muchas, al discurso dominante de alguno de los agentes sociales de la sociedad de la que los migrantes proceden.

       Esta cultura originaria, además, es reconvertida -y por lo tanto desac­tivada- en un conjunto de rasgos culturales atomizados de carácter fundamentalmente folclórico: dicho de otro modo, en una serie de expresiones o de productos culturales puntuales, anecdóticos, que no tienen una incidencia relevante en la organización social de la vida cotidiana de estos grupos. Esto tiene como corolario que la cultura (tanto la de los migrantes como la propia) sea percibida, y por lo tanto definida, de forma estática y esencialista: es decir, como algo dado y a conservar. Lo que, además, hace imposible concebir el intercambio cultural, la tan mentada «interculturalidad», de una manera dinámica y radical. Este es simplemente reducido a la aceptación y/o el rechazo de un agregado de rasgos culturales, que presentados aislados, descontextualizados, no son otra cosa que el simulacro de sí mismos.

       La siempre supuesta falta de integración de los migrantes se explica fundamentalmente, dejando aparte el papel dificultador que cumple la situación sociojurídica, como consecuencia de los atributos, o incluso de la falta de voluntad, de los mismos -con lo que, a la vez que en la prensa  se constata y se  (re)produce su exclusión, se les culpabiliza de ella

                                         SANTAMARÍA : 1994 : 212-213

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Nº  7.-  EL FUNDAMENTALISMO CULTURAL :  UNA NUEVA CONSTRUCCIÓN DE LA EXCLUSIÓN.

        La emergencia de la cultura como «terreno semántico clave» del discurso político merece ser explorada más a fondo. Quiero argumentar que es engañoso ver en la retórica de la derecha contra los inmigrantes una nueva forma de racismo o un racismo encubierto, y no estoy haciendo juegos de palabras. En ningún momento quiero trivializar la importancia político-social de esta nueva exaltación de la diferencia cultural. Pero para combatir el problema primero tenemos que conocerlo. Para ello es preciso(…) analizar la estructura conceptual de este nuevo discurso político y las ideas de las que se nutre.(…)

       En lugar de afirmar las diversas dotes de las razas humanas, el fundamentalismo cultural, denominación que he decidido dar a la retórica contemporánea de la derecha, pone énfasis en las diferencias de patrimonio cultural y en su inconmensurabilidad (…)

       Esta retórica culturalista se diferencia del racismo en tanto que cosifica la cultura al concebirla como un conjunto de valores y tradiciones compacto, delimitado, localizado y con raíces históricas, transmitido de generación en generación, recurriendo a toda una serie de ideas que se remontan a la tan contradictoria idea del Estado-nación del siglo XIX.(…)

       Podemos encontrar otra suposición acerca de la naturaleza humana, tanto en el discurso político como en el popular sobre la inmigración extracomunitaria de los ochenta. Los titulares de prensa, los políticos y los académicos invocan el término xenofobia junto con el de racismo para describir la creciente animosidad contra los inmigrantes.  Xenofobia significa literalmente “hostilidad contra los extraños y contra todo lo que sea extranjero”. (…) En realidad, las causas de esta actitud, no se especifican o, simplemente, se da por sentado que las personas tienen una propensión «natural» al temor y rechazo a los forasteros como extraños porque son diferentes. Se han observado repetidamente las simpatías explícitas de la derecha y la afinidad de su línea de argumentación justificadora de los sentimientos anti-inmigración, con los postulados claves de la etología animal y la sociobiología. Se ha reiterado la poca consistencia científica de concep­tos de la naturaleza humana basados en principios biológicos como el del imperativo territorial y el del instinto tribal, según los cuales los humanos tendrían una tendencia natural -similar a la de los animales- a formar grupos delimitados y a diferenciarse de los forasteros y serles hostiles para su propia supervivencia como grupo.(…)

      La xenofobia, actitud supuestamente inherente a la naturaleza humana, constituye la base ideológica del fundamentalismo cultural y explica la presunta tendencia de los pueblos a valorar su propia cultura hasta el punto de excluir cualquier otra; y, por tanto, hace imposible que pueblos de culturas diferentes puedan vivir los unos junto a los otros. El fundamentalismo cultural contemporáneo se basa pues en dos ideas convergentes: que las diferentes culturas son inconmensurables y que, al ser los humanos inherentemente etnocéntricos, las relaciones entre culturas son por “naturaleza” hostiles. La  xenofobia es al fundamentalismo cultural lo que el concepto biomoral de “raza” es al racismo, a saber, la constante naturalista que confiere valor de verdad y legitimiza las respectivas ideologías.

                           V.STOLCKE:  1994 :  241-245

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Nº  8.-  RACISMO  VERSUS  FUNDAMENTALISMO CULTURAL.

           Una comparación sistemática entre las estructuras conceptuales del racismo tradicional y este fundamentalismo cultural puede aclarar más la especificidad de lo que son doctrinas alternativas de exclusión. Ambas tienen en común que tratan la contradicción entre la idea universalista moderna de que todos los humanos son iguales y libres por naturaleza, y las múltiples formas de discriminación y exclusión; pero lo hacen de formas distintas. Ambas doctrinas derivan su fuerza argumentativa del mismo subterfugio ideológico: presentan como natural y, por tanto como hecho irrefutable porque surge «de forma natural», lo que es resultado de relaciones político-económicas y de conflictos de intereses específicos.

El racismo moderno occidental racionaliza declaraciones de superio­ridad nacional o descalificación socio-política, explotación y discrimina­ción económica de grupos o individuos dentro de un Estado, atribuyéndoles ciertos defectos morales, intelectuales o sociales supuestamente provenientes de su dotación «racial», los cuales por ser innatos son inevitables(…). En este sentido, las doctrinas racistas son categóricas, ocultando las relaciones sociopolíticas que generan la jerarquía. La «raza» es construida como la causa necesaria y suficiente para la inadecuación de «otros» y, por tanto, para su inferioridad. La desigualdad y la dominación sociopolíticas son así atribuidas al criterio de la diferenciación misma, a la falta de valor que está en «sus» genes, en lugar de ser atribuidas a alguna predisposición humana a discriminar (…).

 El racismo moderno constituye una artimaña ideológica para reconciliar lo irreconciliable: un ethos meritocrático liberal de igualdad de oportunidades para todos en el mercado y desigualdad socioeconómica. En lugar de ser un anacronismo superviviente de los tiempos de la esclavitud y/o de la expansión colonial europea y la ordenación adscriptiva de la sociedad, el racismo es, por tanto, una parte necesaria del capitalismo liberal. En  diferentes momentos de la historia, los sistemas de desigualdad y opresión se han racionalizado de formas distintas. Las doctrinas racistas no son más que una variación sobre el mismo tema: el intento de reconciliar la idea de una humanidad compartida con las formas realmente existentes de dominación. Los primeros encuentros coloniales con «primitivos» ejercitaron intensamente las mentes europeas. Inicialmente no fue su diferencia «racial» lo que atormentó la imaginación europea, sino su diversidad religioso-moral que se veía como un reto a la hegemonía cristiana. ¿Cómo, si Dios había creado al «hombre» a su imagen y semejanza, podía haber humanos que no fueran cristianos? El racismo científico del siglo XIX era una nueva forma de justificar la dominación y la desigualdad, inspirada en la búsqueda de leyes naturales que explicaran el orden en la naturaleza y la sociedad. En el debate del siglo XIX sobre el lugar de los humanos en la naturaleza resulta sorprendente la tensión entre la fe del hombre en la libertad de acción, no obstaculizada por limitaciones naturales, en su intento como agente libre de dominar la naturaleza, y la tendencia a naturalizar al hombre social. El darwinismo social, la euge­nesia y la criminología proporcionaron la legitimación pseudocientífíca a la consolidación de la desigualdad de clases. Su blanco fueron las peligrosas clases obreras locales Si el individuo autónomo, a causa de su pertinaz inferioridad, parecía incapaz de aprovechar las oportunidades que la sociedad le ofrecía, entonces es que debía tener algún defecto intrínseco y esencial. A la persona o, incluso mejor, a sus dotes naturales -ya se le llame talento o inteligencia racial, genética, sexual innata- era a quién debía achacársele esto y no al orden socioeconómico o político imperante(…).

 

(…) El fundamentalismo cultural, por el contrario, asume una serie de  conceptos antagónicos simétricos, el del extranjero, el extraño, el foras­tero, como opuesto al nacional, al ciudadano. Los humanos, por naturaleza, son portadores de cultura. Pero la humanidad está compuesta de una multiplicidad de culturas distintas que son inconmensurables, y las relaciones entre sus respectivos miembros son intrínsecamente conflictivas porque ser xenófobo es propio de la naturaleza humana. Un supuesto universal humano -la tendencia natural de las personas a rechazar a los extraños- explica el particularismo cultural. La contradicción aparente, en el ethos liberal democrático moderno, entre la invocación a una humanidad compartida que incluye una idea de generalidad -de forma que no excluya a ningún ser humano- y el particularismo cultural, traducido en términos nacionales, queda superada ideológicamente: un «otro» cultural, el inmigrante como extranjero, forastero y como tal «enemigo» potencial que amenaza «nuestra» unicidad e integridad nacional y cultural, es construido a partir de un rasgo compartido por el «yo». Dando un giro ideológico más, la identidad y pertenencia nacionales interpretadas como singularidad cultural, se convierten en una barrera invencible para hacer aquello que, en principio, es natural para los humanos: comunicarse(.…).

        Como la tendencia a despreciar a los extranjeros es compartida también por los extranjeros, también resulta legítimo temer que estos últimos, a causa de su deslealtad, puedan constituir una amenaza para la comunidad nacional. Conceptualizando el «problema» planteado por la inmigración extra-comunitaria en términos de diferencia e inconmensurabilidad cultural evidente, se eluden las causas profundas de la inmigración, es decir, los efectos cada vez más agudos de la desigualdad Norte-Sur.(…).

         El fundamentalismo cultural es, por tanto, una ideología de exclusión colectiva basada en la idea del «otro» como extranjero, extraño al cuerpo político. En su núcleo, la asunción de que los derechos sociales y políticos, es decir la igualdad política formal, presuponen una identidad cultural y, por tanto, esa igualdad cultural es el prerrequisito esencial para acceder a los derechos de ciudadanía. No hay que confundir la útil función social de los inmigrantes como chivos expiatorios de los problemas socioeconó­micos dominantes, con la forma en la que se conceptualiza a los inmigrantes como extranjeros. La exclusión socioeconómica de los inmi­grantes es consecuencia de su exclusión política más que de su desigualdad social tematizada directamente. Los contrarios a la inmigración en la derecha pueden oponerse, por motivos económicos, a la concesión a los inmigrantes de los derechos sociales y políticos inherentes a la ciudadanía. Pero el «problema» de la inmigración ha sido construido, en todo caso, como una amenaza política a la identidad nacional, a causa de la diversidad cultural de los inmigrantes, porque el Estado-nación se concibe como basado en una comunidad delimitada y específica que moviliza un sentimiento de pertenencia y de lealtad compartido basado en una lengua, tradición cultural y creencias comunes. En un contexto de recesión económica y de atrincheramiento nacional, las apelaciones de la derecha y de los conservadores a las lealtades primordiales caen en terreno abonado  a causa del sentido de pertenencia nacional generalizado que es el lenguaje común de la autoconcepción política contemporánea.

.        En el mundo moderno, la nacionalidad como precondición para la ciudadanía está delimitada como instrumento y objeto de cierre social En este sentido, la nacionalidad no es tan distinta de la forma en la que funcionaban los principios del parentesco en las sociedades llamadas «primitivas» para definir la pertenencia al grupo. En un mundo moderno de Estados-nación, la nacionalidad, la ciudadanía, la comunidad cultural y el Estado están ideológicamente vinculados, y dotan a la especificidad cultural de los inmigrantes de un significado simbólico y político. Se objetará, por supuesto, que no todos los inmigrantes o extranjeros son tratados con animosidad. Eso es obviamente cierto. Pero tampoco la igualdad o la diferencia son categorías absolutas. El repertorio político-ideológico en el que se basa el Estado-nación moderno proporciona las materias primas para la construcción del fundamentalismo cultural.

                                      V.STOLCKE :  1994 :  245-246 

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Nº 9.- EL VALOR DE LA DIFERENCIA.

        En ningún momento quiero negar las diferentes formas de organización   de vida y de los distintos sistemas de significado. No obstante, los humanos han estado siempre en movimiento y las culturas han demostrado ser fluidas y flexibles. El nuevo orden global, en el cual las fronteras antiguas y nuevas, en lugar de verse disminuidas, son cada vez más activas y excluyentes, plantea nuevas e importantes preguntas también a la antropología. En este sentido, sería crucial que nos planteáramos en qué circunstancias la cultura deja de ser algo que necesitamos para convertirse en algo que nos impide ser. No es la diversidad cultural por sí misma, sino los significados políticos, con unos contextos políticos determinados y unas relaciones determinadas, los que confieren diferencias culturales. Los pueblos tienden a atrincherarse y a hacerse culturalmente excluyentes en contextos en los que se da dominación y conflicto. Es la configuración de las estructuras y relaciones sociopolíticas, tanto dentro del grupo como entre grupos, lo que activa las diferencias y configura las posibilidades e imposibilidades de comunicación. Para entender la política cultural contemporánea, en este mundo interconectado y desigual, debemos trascender nuestro relativismo a veces egoísta y nuestras incertezas metodológicas y proceder a explorar, en un diálogo creativo con otras disciplinas, «el proceso de producción de la diferencia»

        La verdadera tolerancia hacia la diversidad cultural sólo puede florecer, sin implicar, desventajas allí donde la sociedad y el Estado sean suficiente­mente democráticos e igualitarios para que las personas puedan resistir la discriminación (ya sean inmigrantes, extranjeros, mujeres, negros) y desarrollar sus diferencias sin ponerse en peligro a sí mismos ni la solidaridad entre ellos. Me pregunto si eso es posible dentro de los confines del Estado-nación moderno y, por tanto, dentro de cualquier Estado. 

                              V. STOLCKE :  1994  :  257

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Nº 10.-  MUJERES INMIGRANTES, SUJETOS FRÁGILES.

          El tema de la “mujer inmigrante”, más concretamente de su situación, constituye uno de los principales lugares comunes, de los tropos básicos, del discurso sobre la «inmigración no comunitaria».

         En este discurso con la expresión «mujer inmigrante» se suele normalmente aludir a las mujeres árabes y/o musulmanas. Indu­dablemente todas las mujeres migrantes no son ni árabes ni mu­sulmanas, sin embargo la presencia de mujeres marroquíes y/o de mujeres musulmanas excita las imaginaciones mucho más que cualquier otro aspecto relacionado con las migraciones, y lo hace percutiendo todo un imaginario social, que destaca su radical y definitiva aliedad (…)                             

           Describiéndose a la «mujer inmigrante» fundamentalmente como víctima, como obje­to de violencia (física y/o simbólica), de su propio grupo de perte­nencia, se vehicula una imagen negativa, estigmatizante, de su grupo de pertenencia así como de ella misma —lo que formaría  parte de la construcción de una «identidad estropeada» por partida doble.                                                        ,

      En este sentido, en el discurso sobre la «inmigración no comunítaria» no sólo se afirma la subordinación y violencia, ciertamente reales, ejercidas contra las mujeres en las comunidades de inmi­grantes y en los países de los que proceden (lo que, como veremos, connotará una de las principales diferencias con respecto a la supuesta sociedad igualitaria donde se establecen), sino que, mediante esta prevalente referencia, se las instituye como uno de los «sujetos frágiles», indefensos, a los que hay que proteger y tutelar: buen ejemplo de ello es que se las considere, por las distintas agencias sociorreparadoras, como uno de los principales «grupos de  riesgo» sobre los que intervenir.

                                                 SANTAMARÍA :  1997  :  41-43

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Nº 11.-    SILENCIO SOBRE SU PROTAGONISMO SOCIAL Y CULTURAL. 

Escuchándolo atentamente, se  puede concluir que, normalmente, este discurso, que participa de una concepción miserabilista de la alteridad, no habla de los saberes, estrategias o deseos de las mujeres migrantes, no menciona sus  fugas, alegrías y combates cotidianos, sino que, una y otra vez, lo que hace es destacar y circunscribirse a las carencias, fragilidades,  indefensiones —y, por consiguiente, impotencias— en las que estarían sumidas; o, peor aún, que les serían consustanciales,     

     De este modo, viene a resultar un tanto curioso el hecho de que  mientras se subraya, una y otra vez, el machismo o la misoginia del Islam, la impotencia o fatalismo con el que sus mujeres lo acogen,  se ignora o elude, al mismo tiempo, la no menos indudable misoginia de las otras religiones reveladas, con las que el Islam está estrechamente emparentado, y de las corrientes políticas, incluso  progresistas y revolucionarias, que atraviesan la sociedad de instalación, así como se ignoran las reflexiones, y las luchas específicas  que las mujeres que han emigrado llevan a cabo dentro de sus co munidades de pertenencia. (…)                           

     Las mujeres migrantes no sólo están aisladas, explotadas y discriminadas (¡ que lo están!), etc., sino que, y esto frecuentemente permanece silenciado en el discurso sobre la «in­migración no comunitaria», son actoras fundamentales en las diná­micas sociales en las que están insertas; dinámicas en las que —de forma oculta o evidente— son protagonistas. no sólo de la trans­misión o de la reproducción de la cultura de pertenencia, sino también de la innovación social y de la (re)formulación cultural.

.                                        SANTAMARÍA  :  1997  :  42-44

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Nº 12.-   LA DOBLE DISCRIMINACIÓN

     El aislamiento, explotación y discriminación de la «mujer inmigrante» se circunscriben especialmente a sus propios grupos de pertenencia,... de tal manera que no suele ser frecuente en el discurso sobre la «inmigración no comunitaria» relacionar esta «situación» con las dinámicas, estructuras y procesos que atraviesan y configuran la sociedad de instalación. En este sentido, en dicho discurso la situación de la «mujer inmigrante» no suele ser normalmente asociada a la discriminación social de la que las mujeres son objeto en la hospitalaria «sociedad de acogida», y que en el caso de las migrantes se les viene a añadir ese otro pliegue que es la discriminación étnica y/o de clase.

     Las mujeres migrantes, ciertamente discriminadas en su lugar de origen, y por ello con menos posibilidades de acumular capital económico y cultural, sufren, además, una discriminación específica en los países en donde logran establecerse. Como pone de maniftiesto Dolores Juliano, estas mujeres —muchas de las cuales se dedican preferentemente al servicio doméstico, mientras otras son movilizadas para ejercer la prostitución— «en general, cubren los huecos laborales peor pagados y con menos prestigio social, aque­llos trabajos que las mujeres europeas rechazan por ser emblemáti­cos de la discriminación de género». De esta suerte, prosigue la au­tora, «al emigrar las mujeres, si bien pueden conseguir ingresos algo superiores a los de sus comunidades de origen, no logran en cambio disminuir su explotación ni mejorar su status, ya que se transforman en las herederas de la misoginia de la sociedad receptora»

                                                                 SANTAMARÍA : 1997 :  45

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Nº 13.- PERO NOSOTROS NO SOMOS RACISTAS.

          La evocación de esta normalidad dominante, con su reverso de distancias carenciales y sociales (...) constituye el basamento mítico de la sociedad de instalación: la sociedad española es una sociedad sin grandes conflictos en la que excepcionalmente se producen «brotes de racismo», «explosiones de violencia», «casos de discriminación», etc. Lo cotidiano en la sociedad española vendría a ser, de este modo, el reino de la armonía social y del desarrollo de los grandes valores universales que definen a una moderna sociedad liberal: igualdad, democracia y tolerancia. La sociedad española no es racista, no está atravesada por la coerción, la desigualdad y la injusticia..., sino que, y lo que es muy diferente, si en algún momento se produce, ¡excepcionalmente, claro!, algún que otro incidente (localizado social, geográfica y/o políticamente) de racismo, xenofobia, discrimina­ción, cuando insólitamente esto ocurre, siempre, a través de los mass media y del aparato judicial, se lo denuncia y combate. Estos actos, por lo tanto, en toda ocasión presentados como anómalos, no representan una amenaza, un peligro de carácter global, como sí lo hacen, por el contrario, el terrorismo, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana... e, indudablemente, la intrusión y la falta de integración -dicho de otro modo: la propia presencia- de estos «inmigrantes». Es en esta idea de amenaza global en la que insisten todas esas metáforas que (re)presentan las migraciones como «olas», «avalanchas», «aludes», «invasiones»... es decir, como catástrofes naturales y/o agresiones militares, que necesitan medidas extraordinarias y urgentes. Que precisan de una regulación excepcional.

         En esta escenificación desdramatizada y autoexculpatoria que la prensa pone en juego, al dar cuenta de los episodios racistas, redunda también la concepción del racismo y la xenofobia como patología de carácter contagioso, a la que, por otra parte, hacen explícita referencia expresiones tales como «la peste racista» o «el virus racista» con las que aquélla los apunta. Esta concepción articula dos mecanismos complemen­tarios. Primero, la prensa asocia de forma sistemática los denominados «brotes» de racismo con la cantidad -presentada siempre como excesiva-de extranjeros, con la transgresión de un presunto «umbral de tolerancia». Con ello hace recaer, por desplazamiento, el racismo y la xenofobia en la presencia de los propios colectivos migrantes objeto de dichas agresiones; a la vez que caracteriza a la sociedad de llegada como de acogedora y tolerante. En segundo lugar, la prensa presenta estos episodios como un fenómeno social cuyo funcionamiento es por imitación, por contagio; es decir, se los reduce a una acción socialmente epidérmica, superficial, aislada: a una acción que en definitiva no tiene profundidad estructural.

     En la prensa se (re)presenta al racismo y la xenofobia como un fenómeno epidémico, con lo que, tanto se inculca la idea de que se extiende con mayor o menor rapidez y que remite con el paso del tiempo, como se omite el hecho de que se trata de un fenómeno social que se (re)produce diaria y subyacentemente a la cotidianidad. Este racismo, en este sentido, no es algo en absoluto extraordinario, todo lo contrario: designa unas relaciones sociales tan ordinarias, tan socialmente estructurales y estructurantes, como lo son el capitalismo y el patriarcado, con los que está íntimamente imbricado.

                                                  E. SANTAMARÍA :  1994: 214-215

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